Apetitos afilados. Dientes entonados. Oídos hambrientos.

viernes, noviembre 20, 2009

Discos de la década: #18, The Pains of Beint Pure at Heart, The Pains of Being Pure at Heart (2009)

De vez en cuando, un grupo captura la esencia de todos sus predecesores y es capaz de condensarla en un puñado de canciones. Eso hicieron The Pains of Being Pure at Heart en su primer disco. Ellos se lo deben todo al indiepop británico de los ochenta, a The Pastels, The Field Mice, Talulah Gosh o Another Sunny Day -y un poquito a My Bloody Valentine o a The Jesus and Mary Chain-.

The Pains no inventan nada y tampoco engañan. Lo suyo es un homenaje a su música favorita, una reivindicación de la adolescencia en los veintitantos y del ser indie hasta el extremo de lo naif. Todo eso ya lo dejan claro en su nombre. Triunfan porque consiguen mejorar la fórmula, ya que pocos de esos grupos que adoran tienen un disco como el suyo.



Diez singles en potencia. Guitarras que saltan entre el ruido de fondo y melodías pegadizas que conducen a estribillos para corear a gritos. Las letras tampoco se salen del guión. Hablan de enamorarse como un tonto y pasar la semana esperando a que llegue el sábado para verla o de hacer el amor, pero de hacerlo en una biblioteca y sabiendo que para ella no es tan importante como para tí. Todo ñoño, pero con un punto de perversión.

El conjunto puede sonar a pose, pero viéndoles, uno se da cuenta rápidamente de que no hay ninguna impostura, como no la hay en un disco hecho con el corazón y sin ningún tipo de pretensiones.

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martes, noviembre 17, 2009

Discos de la década: #19, DJ Shadow, The private press (2002)

El agrupar una serie de grabaciones delimitando unas fechas de referencia tan arbitrarias como los años 2000 y 2009 es algo tan arbitrario como el color predominante de su portada. Y es injusto para aquellos álbumes que no entran en el canon de las modas actuales.

The private press, pese a haber nacido en 2002, es un disco de los 90. Por concepto, por producción, por herencia, es una evolución de la música de la década anterior. Primero, porque se intuye un hilo narrativo en los temas, que aunque funcionen como buenas canciones por separado (especialmente Six days, la más comercial), parecen partes de un puzle que sólo al ensamblarse en el orden correcto nos cuentan una historia. Este concepto ha desaparecido paulatinamente con la llegada de la anarquía del mp3 y la vuelta a los “discos de canciones” y los temas redondos tipo estrofa-estribillo-estrofa-estribillo-fin.




DJ Shadow va más allá: no sólo hay un hilo narrativo sino que también divide el disco en dos partes, como si de un viejo vinilo se tratara. En su elaboración, sin embargo, combina el espíritu del sampler del hip hop (su cultura) y su norma básica, el ritmo, con la amplitud de miras de la electrónica noventera y sus pretensiones de trascender más allá del baile.

La inteligencia y la vastísima cultura musical y amplitud de miras del reputado productor le hacen construir un artefacto perfecto para abordar lo sombrío del futuro tras el 11-S a través de una combinación de ricas texturas casi siempre acústicas (la electrónica de DJ Shadow está en el proceso de construcción, no en el sonido), ritmos funky sampleados, bajos atmosféricos y detalles enriquecedores. “And here’s a story about… being free”, dicen en el penúltimo corte, You can’t go home again. Ya no podemos regresar al hogar, porque no existe, ha cambiado y tenemos que adaptarnos. La incertidumbre era la misma para la situación política y para la industria musical del momento. Ahora, en el nuevo estado de las cosas, miramos al pasado y todo nos parece tan extrañamente ajeno. Quizá esa sea la aspiración de Josh Davis: ha pasado de moda y está en camino de ocupar un lugar dentro de los clásicos, que es donde mejor se siente.

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viernes, noviembre 13, 2009

Discos de la Década: #20, The Gutter Twins - Saturnalia (2008)

Para los que vivimos con cierta intensidad la segunda mitad de los 90, hay ciertos nombres que forman parte de una cierta élite; la de aquellos que se vieron atrapados en los dos grandes movimientos musicales de la década, al menos en cuanto a atención mediática, Brit-Pop y Grunge (aunque se perfectamente que hubo mucho más, y podríamos pasarnos años discutiendo ésto, no es el momento), pero que nunca consiguieron el reconocimiento masivo de las cabezas visibles. En la escena de Seattle había dos bandas tremendas, Afghan Whigs y Screaming Trees, a las que se les adjudicó la etiqueta de Grunges sin serlo realmente. O siendo mucho más que eso.


Dicho lo cual, resulta irónico (o merecido) que, mientras las cabezas visibles naufragan miserablemente con reediciones, albumes mediocres en solitario, de vocalistas para un yonqui con sombrero de copa, o siendo muy populares al frente de una banda malilla, los señores Greg Dulli y Mark Lanegan se sacan de la manga lecciones magistrales como ésta.

No es ninguna sorpresa. Lanegan se ha especializado últimamente en prestar su alucinante chorro de voz en dos álbumes con Isobel Campbell, sobresalientes ambos y que hubiese colocado en ésta lista de no ser por la aparición de Saturnalia, y colabora regularmente con Greg Dulli, en su otro proyecto, The Twilight Singers. Y Dulli no ha parado quieto con ese proyecto, o produciendo o colaborando en otros tantos.

Pero ésto va más allá de una simple colaboración. Saturnalia es un disco que, además de ser musicalmente excelente, escuchadlo, es toda una revindicación de dos compositores en estado de gracia, y dos letristas dispuestos a llegar a niveles de profundidad (y oscuridad) pocas veces vistos. Profundidad y oscuridad apoyadas en un sonido denso, a veces asfixiante, y en las voces de Lanegan, cada vez más grave y arenosa, cada vez más cerca de convertirse en el primo maldito de Tom Waits, y de Dulli, emocional y desperanzada, que aquí suena como un constante grito desesperado de socorro.

La oscuridad en la música es a veces brillante y magnética. Escuchen ésta maravilla y quizás entiendan cuanto.

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jueves, noviembre 12, 2009

Algo grande

Pocas veces tengo la impresión de estar ante algo realmente grande nada más verlo. Ayer me pasó. Brad Mehldau me dejó sin palabras, sin argumentos. Es la mejor versión de sí mismo y de su música que puede haber: tiene el toque preciso, el matiz perfecto, sabe cómo tiene que sonar cada nota, cada acorde. Tiene tal gusto que me daría igual lo que tocara, lo disfrutaría igualmente.

El Teatro Fernán Gómez se llenó, y más de la mitad de los asistentes se levantaron al final para aplaudir al trío de Mehldau (completado por su fiel contrabajista Larry Grenadier y por el batería Jeff Ballard, que sustituyó a Jordi Rossy cuando éste decidió pasarse al piano), que hizo dos bises. Ahí fue cuando me di cuenta de que no estaba solo en mi admiración hacia él, al que descubrí hace ya diez años en el programa de Ramón Trecet en Radio 3 gracias a un disco, Elegiac Cycle, en el que únicamente suena un piano y no tiene mucho que ver con el jazz.

Y es que la música de Mehldau es jazz sólo en etiqueta. Su técnica es clásica, su forma de abordar los temas va desde la facilidad sonora del pop (no en vano, en sus discos suele reinventar canciones de los Beatles, Nick Drake y otros, pero sobre todo de Radiohead) a la complejidad del jazz o la clásica contemporáneos. Pero siempre con su sello personal: su música es exclusivamente suya, no hay nadie más que pueda tocar así porque nadie más es Brad Mehldau.

Y ayer lo demostró. Aunque para muchos aficionados al jazz les parezca de difícil comprensión y disfrute, Mehldau ya ha escrito con letras de oro su nombre junto al de los más grandes.

miércoles, noviembre 11, 2009

Terrorismo sonoro


La lista de discos de esta prolífica década ha estado horneándose a fuego lento, pero tranquilos, que sólo le queda gratinarse. Como en todas las clasficaciones, hay discos que se han quedado fuera, porque si no se quedan fuera un buen puñado de álbumes no sería una lista.

Dos de los que no han alcanzado el consenso suficiente son Xtrmntr de Primal Scream y Kala de M.I.A.

Quizá los dos mayores artilugios de terrorismo sonoro de los últimos diez años. El primero es un trallazo de punk electrónico obra de unos escoceses (Bobby Gillespie y Mani encabezan el cotarro) que, como el Guadiana, van dejando grandes grabaciones puntualmente para luego caer en una carrera algo irregular. Sin embargo, nadie les podrá negar si aportación ya desde sus anteriores grupos (Jesus & Mary Chain y The Stone Roses). Quién iba a pensar que diez años después de lo que parecía ser su cima creativa, Screamadelica (1991), se superarían a sí mismos con esta entrega de música combativa, electrónica cruda y algunos tintes de hip hop con muy mala hostia: sólo el título y la sirena aturdidora de Swastika eyes (el himno del disco, aunque yo prefiero otros cortes como Accelerator o Blood money, nombres tambien muy esclarecedores) hacen prever la lluvia de bombas que infesta los oídos del que lo escucha.

Si de combatir hablamos, no se puede dejar de mencionar a Mathangi Arulpragasam, más conocida como el acrónimo M.I.A. (missing in action). No en vano, es hija de uno de los líderes de la guerrilla tamil (apodado Arular, como su primer disco, de 2005), y ha sido acusada de hacer apología del terrorismo (es decir, de la violencia que no viene del Estado) en sus canciones. Si escuchas sus temas, aun sin entender las letras, sabes que no está diciendo "todos juntos podemos conseguir la paz", sino más bien "quita tu sucio trasero de encima" con el mismo desparpajo con que mezcla ritmos étnicos de su tierra (Sry Lanka, una isla cercana a la India), africanos e incluso un didgeridú australiano con música electrónica, o coge prestadas letras y ritmos de canciones demasiado famosas para pretender hacer un plagio (Roadrunner de los Modern Lovers o Where is my mind de Pixies en letras, Blue Monday de New Order en lo musical) y pervertirlo todo en un cóctel molotov directo al estómago. No denuncia al sistema como culpable sino que da nombres y apellidos, en eso se basa su fuerza: mi rabia no es impotencia, mi rabia es injusticia. Esta chica desayuna movimientos anti-globalización todos los días.

Mientras siga habiendo estas bofetadas sonoras, nos queda esperanza.

miércoles, octubre 28, 2009

Ey, tú, dinosaurio

Leo en Cuchara Sonica (si supiera enlazar pondría aquí el link) que Bono está decepcionado con las ventas del último álbum de U2, No line on the horizon.

Es el primer disco de la banda que no he escuchado. El primero que sí escuché fue Pop, en 1997, considerado el peor que han hecho. Por ese disco me hice fan de ellos. War (1983), The Unforgettable Fire (1984), The Joshua Tree (1987), Rattle & Hum (1988), Achtung Baby (1991) y Zooropa (1993) los convirtieron en mi grupo favorito durante lo que en aquella época me pareció bastante tiempo. Me dejo fuera Boy (1980) y October (1981), que los escuché algo después, así como a All that you can leave behind (2000) y How to dismantle an atomic bomb (2004), que pese a tener grandes canciones (Grace, In a little while, Sometimes you can't make it on your own y City of blinding lights serían fácilmente clásicos si se hubieran incluido en álbumes anteriores) llegaron después de tiempo.

Quizá exceptuando los Beatles, son el grupo del que más discos me parecen obras maestras. Cada uno tiene un estilo diferente, pero siempre con el sello del grupo, esto es, de Bono (hasta que se le cascó la voz y se le puso rasposa, era una de las mejores del rock, de las más expresivas, y adoro su falsete), The Edge (el mejor guitarrista de rock que ha habido, el más original, el de mejor sonido y punto), Adam Clayton (hace no mucho me di cuenta de que mi forma de tocar el bajo y mi sonido están muy influidos por él) y Larry Mullen Jr. (por él descubrí el doble charles). Desde el post-punk de sus primeros discos, pasando por el ambient y el descubrimiento de sus raíces musicales con Brian Eno y Daniel Lanois, al jugueteo con lo lúdico y lo electrónico de su trilogía noventera, su punto de máxima creatividad, fueron una presencia constante en mis orejas hasta llegar a su clasicismo post-milenio.

Quédense con sus mejores discos: The Unforgettable Fire, Rattle & Hum (que además es un estupendo documental), Achtung Baby y Zooropa, y con algunas de sus caras B de los 80 y principios de los 90.

Las carreras de los grupos de antes parecen más extensas: ¿alguien se imagina alguna banda actual con tantos grandes discos durante dos décadas? Los únicos que parecen poder hacerlo son Radiohead y, como solista, Björk (y ambos son productos noventeros... de los primeros 90).

Pero a Bono le preocupan las ventas del último álbum. Parece que algo ha cambiado. Ya decía Lars Ulrich, batería de Metallica, que la piratería estaba lastrando el número de discos vendidos de la última producción de los americanos. El irlandés, sin embargo, le achaca la culpa a la falta de canciones pop.

En la música, hay algo que no cambia.

lunes, octubre 26, 2009

Los Beatles, grupo de culto

A pesar de lo mucho que se habla de ellos, siempre me gusta leer algo sobre los Beatles. No soy un beatlemaníaco si con esa palabra se define al que sabe la vida y milagros de los fab four al dedillo, pero como cualquier persona con dos dedos de frente, me parecen lo mejor que ha dado el pop en sus más de cuarenta años de existencia.

Es evidente que el aura mítica del grupo ha crecido hasta convertirse en algo imposible de manejar. Cualquiera que hable de ellos sabe lo difícil de conciliar todas sus facetas: la de superventas masivo, la de líderes de opinión, la de iconos pop... e incluso la estrictamente musical. Y ahí es donde parece que las cosas no están tan claras, o por lo menos no muchos parecen querer adentrarse en ese terreno pantanoso. ¿Tienen los Beatles realmente la fama que se merecen?

Hace un tiempo cité en el blog un reportaje de la Rockdelux que decía que la influencia de los Beatles era mínima o incluso inexistente hoy en día (será que Daniel Johnston o Wilco no existen, y tampoco otros como Akron/Family). Parecía que con ello quería también minimizar la calidad del grupo, bajarlo de los cielos. También es verdad que, en cierto sentido, han sido productos de su tiempo pero en ningún caso un paradigma, e incluso resulta difícil ligarlos a un movimiento concreto, de lo grandes que son.

Ese es el misterio de los Beatles: recibieron constantemente influencias de todos los lados, desde los grupos de guitarras anteriores que ellos hasta los hippies que llegaron de la India y los que se pusieron a experimentar. Parece que nunca llegaron los primeros. Pero todas aquellas influencias lograron un sello tan personal que parecen un fenómeno aparte del pop. Reconoces una canción suya enseguida.

Y su historia también es diferente de la del resto. ¿Alguien se imagina un grupo que deje de dar conciertos para dedicarse únicamente al estudio? Parece algo propio de tipos experimentales, de gente que huye de la vida pública. Esa es precisamente la doble cara de los de Liverpool: su fama exagerada gracias a un gran número de singles perfectos, cantables desde el primer momento, y su condición de creadores de discos que van más allá de una colección de canciones, sino como algo redondo, un concepto.

¿Ven? No se me ocurre cómo seguir con el hilo para darle coherencia. Sólo sé que una vez le preguntaron a Frank Sinatra, que echaba pestes del grupo, cuál era su canción de amor favorita: él respondió que Something.

Así son los Beatles.

lunes, octubre 19, 2009

Tan ciego que no puedo ver


Uno de los pocos grupos españoles que ha conseguido una impronta propia inconfundible en el pop ha sido Chucho. Fernando Alfaro es quizá el tipo que mejor me cae del mundo de la música, y Chucho su mejor carta de presentación, seguramente porque es, de todas sus encarnaciones, la que mejor coincide con mi trayectoria vital, con mi iniciación, o continuación, a la música.

Siempre es buen momento para rescatar a Chucho, sobre todo cuando no había aparecido por el blog todavía. Pero en Jenesaispop ponen a Los diarios del petróleo como uno de los mejores discos de la década, con toda la razón.

Es un disco que tiene el formato emocional de la confesión, es un diario vital. Alguien que utiliza la excusa de un pop luminoso de soleada y fría mañana primaveral para sacar sus demonios a la luz. Uno de los discos más personales que se han hecho en castellano y uno de los que me hacen más feliz.

Es posible, como muchos dicen, que Tejido de felicidad, que nació en 1999, sea mejor. A mí me parece una obra maestra sin duda, pero Los diarios del petróleo tienen esa vocación de compartir intimidad, de obra duradera con intención de permanecer, que lo hace especial. Se puede ser trascendente sin ser pedante, sin llevar por la vida una imagen de torturado profundo.

Quién diría que el pop sirve precisamente para eso.

sábado, octubre 10, 2009

La ironía no está reñida con la sencillez


A veces conocer a un músico te lleva a percibir su obra de forma diferente. No a "entenderla", sino a percibirla.


Últimamente he tenido mi n-ésima crisis pop. Y me pongo a escuchar clásica, jazz, música étnica... Siempre acabo volviendo al pop, aunque a veces temía que el giro fuera irreversible.


Mi n-ésima crisis pop se ha solventado de otra forma. En lugar de volverme serio e interesante me ha dado por escuchar grupos de la calaña de Superputa, Blas y las Astrales, McManamara, Putilatex o Tarántula. También, aunque ya lo había hecho antes, a uno de los integrantes de esta última banda, Joe Crepúsculo.


Pero tras una entrevista que leí en una Rockdelux de hace unos meses que saqué de la estantería, y tras visitar su página web, ya no sé cómo tomármelo. En un principio creía que su música era para tomársela a broma, un ejercicio de sarcasmo divertido. Pero él parece una persona sencilla que cree en lo que hace. No lo hace para meterse con nadie, para impactar o para que los demás lo aprueben, lo que hace lo hace porque así le sale, ni más ni menos.


Y ahora, en sus canciones, descubro sinceridad. No hace falta salir al escenario con barba, camisa de cuadros y una guitarra acústica en las manos para ser auténtico.

miércoles, septiembre 30, 2009

Atuendos

Estoy enamorado de la cultura americana de los 50. Si hay una estética en la que viviría toda la vida es la del jazz de la época. Tipos con sus trajes de paño tocando hasta la extenuación. La formalidad del atuendo se combina a la perfección con el salvajismo de notas disparadas a raudales, de malabares imposibles con las baquetas, de lanzarse suicidamente contra las teclas de un piano.


Estás desnudando tu instinto al público, pero hay que lucir elegante.


viernes, septiembre 25, 2009

Adelanto

El fin de una década siempre es una buena excusa para poner listas de los mejores discos o canciones. En realidad, cualquier motivo es buena excusa. Es por eso que me complazco en anunciarles que estamos preparando una de los mejores discos de estos últimos diez años. Los preliminares en su elaboración, como es bien sabido, están siendo desastrosos: es lo que tiene la pluralidad de gustos.

Personalmente, ésta ha sido una gran década. La música ha transitado por unos caminos inverosímiles: a principios triunfaba la mezcla del pop y la electrónica cada vez más abstracta (Björk y Radiohead por un lado, Fennesz y Múm por el otro) para acoger la vuelta del rock divertido (Strokes) y el revival post-punk (Interpol, Editors), el de mayor éxito comercial en la esfera alternativa (en la otra, suma y sigue). Y ante todo muchas ganas de hacernos bailar (LCD Soundsystem)*. Pero el gran avance ha sido sin duda alguna en el folk: quién lo iba a decir que los chicos y chicas con una guitarra acústica entre sus manos serían los grandes triunfadores.

Estamos abiertos a propuestas.

* Back to basics: si la evolución noventera de pop + electrónica se estaba volviendo más pretenciosa, pronto dejó paso a su carácter lúdico esencial.

jueves, septiembre 17, 2009

A veces oigo voces

Me gustan las cosas bien hechas. Y las canciones bien cantadas. Hace unos días me puse el último disco de Bill Callahan, Sometimes I wish I were an eagle, nacido, según me contó Jorge Regula (atiende: cotilleo indie o de bajura), tras su ruptura sentimental con Joanna Newsom (¡bien!) y me estremecí nada más escuchar su voz.

Si en un concierto alguien desafina pongo expresión asesina al instante, y la mayoría de cantantes de grupos españoles me parece que se deberían dedicar a otra cosa. ¿Cómo puede esto compatibilizarse con, por ejemplo, que ninguna versión de Love will find you in the end, de Daniel Johnston (al que me ha llegado el momento de descubrirle), supere a la original por muy bien interpretada que esté? Johnston la canta con urgencia, con prisas, como si lo estuviera pasando mal y quisiera que se acabara pronto, con un fraseo torpe, sin cuidado por empastar la voz y además aporrea la guitarra. Pero el corazón se le sale por la garganta, y cuanto más la escucho más me acongoja.

Otro ejemplo: hace poco vi un video de una actuación de Bob Dylan en el 66. El mito estaba rebosante de juventud y, probablemente, de alguna que otra sustancia de dudoso prestigio. No canta Like a rolling stone, la aúlla. Está completamente desquiciado, ido, se va de tono y de tempo todo el rato. He visto pocas interpretaciones tan fascinantes. En general, cantar canciones de Bob Dylan no tiene sentido, porque hay que cantarlas como Bob Dylan. Porque, a no ser que seas un artista tan personal como Jimi Hendrix (o Kiko Veneno), la cosa va a perder su encanto.

Para colmo de esta esquizofrenia mental, Wilco cada vez me gustan más porque tienen su sonido (y sus voces) más apuradas, y soy de los que defienden a Ella Fitzgerald, el savoir faire, frente a Billie Hollyday, la garra.

Ey, Mr. Johnston, le espero en el psiquiátrico.

viernes, septiembre 11, 2009

The Beautiful Taste: Of our cornea

¿Qué pasaría si juntaras la urgencia expresiva de Muse con la necesidad de experimentación sin pedanterías de TV on the Radio? Es posible que algo parecido a The Beautiful Taste, grupo surgido de un trío de mercenarios musicales que siguen amando lo que hacen y se nota. Procedentes de cualquier lugar de la geografía mundial (pinche usted con el dedo cualquier lugar del mapamundi y lo más probable es que estos señores hayan tenido un bolo allá) pero espiritualmente afincados en Barcelona, Of our cornea, su primer disco, es diferente a cualquier cosa que el aficionado se pueda echar a la oreja actualmente en el panorama musical español.

Ése es el logro de The Beautiful Taste. Quizá son diferentes porque tienen un nivel de profesionalidad al que no estamos acostumbrados en este país: no todas las baterías son iguales, acompañar no significa necesariamente rasgueo de acordes, se permiten jugar con los tiempos, etc. Además, son tan inteligentes como para que todo eso vaya en beneficio de la canción.

¿Y de qué va Of our cornea? Es rock. Así de sencillo. Empieza con un aviso de su potencial, To Go, y luego baja a un medio tiempo, Bread, Coffee and Bed. Ambos títulos son esclarecedores: potencial para hacer algo épico pero gusto por encontrar la belleza de las cosas a través de lo cotidiano. Tiene un aroma noventero, pero sin acercarse en ningún momento al revival. ¿Cómo se hace eso? Ah, ni idea, pregunten a los autores. Han echado la vista atrás para avanzar hacia delante.

La única pega: le falta cierta sensación de conjunto, de algo que vaya más allá de las canciones, de un “concepto”, y a veces parece que la voz va a su bola sin atender al resto de la instrumentación. Pero cuando suenan temas tan altamente disfrutables como Sundays in Spain (¿les he dicho ya que me encanta ese final?), Circus of toes o No relationships are permitted in this area, se me olvida.



martes, septiembre 08, 2009

El tiempo les da la razón

Una de las críticas de la música "clásica" al estallido de la música popular de los años 50 y 60 era su comercialidad (¿les suena?), canciones para ser escuchadas en la radio mientras uno arregla el coche o hace la comida. Su duración debía ser necesariamente breve, pues el escuchante ocasional no debía tener tiempo para aburrirse. Canciones de usar y tirar. Sin embargo, la música "seria" puede ser tan larga como necesite para desarrollarse, pues es arte y no está sujeta a las leyes del marketing.

Para qué decir que esta afirmación duró menos que un caramelo a la puerta de un colegio. A finales de los 60 había artistas consagrados cuyas máximas creaciones podían pasar con facilidad de los cinco minutos, como Jimi Hendrix, Cream, la Velvet Underground, los Allman Brothers, etc. Incluso grupos tan comerciales como los Beatles tenían temas de larga duración, no precisamente hechos para emitirse en las radiofórmulas.

Sin embargo, dentro del mundo del rock se creó el mismo efecto cuando algunos quisieron diferenciar entre la música buena y la mala: entre las excusas que ponen los aficionados al rock sinfónico, al heavy rock, etc. para mostrar que su música es mejor están el virtuosismo de los instrumentistas y la duración de los temas.

La duración estándar de una canción suele estar entre los dos y los cinco minutos. Para mí existe una barrera en esas duraciones: si supera la cifra alta, me ando mucho de escucharla; si no llega a la cifra baja, mis prejuicios me indican que no tiene sentido que sea una canción buena, le falta desarrollo.

Es por eso que hoy me he decidido a reivindicar esos temas que no llegan ni a los miserables dos minutos. Se sabe que lo bueno, si breve (refrán con el que estuve tentado de titular el texto; afortunadamente, no lo hice)... Y los hay por todas partes: dos de mis composiciones favoritas de Tom Waits, Johnsburg, Illionois (del Swordfishtrombones) y Fawn (del Alice) duran un suspiro, igual que pasa con Simple things, de Belle & Sebastian (The boy with the Arab Strap) o In a letter never sent, de Even in Blackouts. Luego está la brevísima Her Majesty, que aparece al final del Abbey Road de los Beatles. Todas estas canciones resuenan en mi cabeza. Luego están los Ramones, cuyas canciones, salvo rara excepción, oscilan alrededor de los dos minutos. O Minor Threat, y se diría que en general una buena parte del punk y el hardcore.

Pero no hay mucha gente con el talento suficiente para hacer una buena canción de menos de dos minutos.

viernes, septiembre 04, 2009

Etiquetas: art punk

Desde Hipopótamos consideramos que, debido a la cantidad de etiquetas con que se conceptualizan los diversos estilos musicales paridos desde que Elvis rompió las convenciones del rocanrol con un golpe de cadera, sería un buen servicio social facilitar al aficionado común una guía para adentrarse en tan obtuso mundo y explicarle el significado de cada etiqueta. Sin embargo, en Hipopótamos desconocemos el significado de la mayoría de las etiquetas, por lo que en lugar de aleccionar pedimos ayuda.

La etiqueta “art punk” engloba a un puñado de grupos que me gustan, generalmente nacidos en los 70, como Pere Ubu, Richard Hell & The Voidoids, The Modern Lovers o James Chance & The Contorsions. ¿Qué los diferencia de los grupos punk a secas? Creo que, aparte de la estética (no tuvieron a Malcolm McClaren insistiéndoles que fueran a la moda impuesta por Vivienne Westwood) está el lugar de origen: esos grupos son americanos, lo cual también implica una diferencia estética: no creo que a los yankees les guste llevar parches con la bandera británica.

¿Hay punk en EEUU? Imagino que sí: los Ramones, por ejemplo. ¿Por qué ellos están emparentados con The Damned o The Clash y Richard Hell no? Otra causa del añadido “art” sea que vienen de Nueva York. Ya saben, si perteneces a la capital del mundo eres arty por definición. Error: Pere Ubu son de Cleveland, Ohio. Y New York Dolls son punk, sin "art". ¡Copón!

El dichoso prefijo parece prever que su música va a ser algo rarita, es decir, ruiditos, disonancias, diversión para los chicos cool. Del grupo mencionado, quizás James Chance sea el que más se adecúe a esa definición (apareció en No New York, un recopilatorio obra de Brian Eno sobre la escena no wave, otra etiqueta más, de la ciudad, con otros grupos como Teenage Jesus and The Jerks o DNA, a cada cual más raro; es posible que ellos también sean art punk). The Modern Lovers (y más tarde Jonathan Richman en solitario) tampoco son los más especiales del lugar, aunque su líder sea un excéntrico.

Así que el art punk definiría, más o menos, a aquellos grupos americanos, sean o no de Nueva York, formados en los años 70 y que hicieran algo que se pudiera parecer, o no, al punk inglés y además también hacían de vez en cuando cosas tirando a rarunas. O no.