Apetitos afilados. Dientes entonados. Oídos hambrientos.

martes, mayo 20, 2008

Yo pasaba por aquí...

Quien se haya pasado una vez o dos por aquí ya sabe que los temas que suelen aparecer no recorren los típicos caminos transitados por un blog de música. Me importan bien poco las novedades, lo que está de moda, lo que puede ser objeto de la opinión pública, aunque eso no quiere decir que no haya cosas que me interesen: la prueba es ese post que llevo planteándome desde el principio de los tiempos sobre lo que ha supuesto Internet para el cotarro musical.

Tampoco suelo hablar de los conciertos a los que voy, pocos. Las cosas que me inspiran para escribir son de lo más inusitadas, una sensación más que una gran idea (que, visto lo visto… pocas), y aunque alguna vez he hecho algún artículo “por encargo”, no sé si en este blog, pero sí en otro, sólo lo hice porque me resultaba interesante, porque pensaba que podía contar algo.

Este blog es un pequeño oasis musical ajeno a las tendencias, al mundo bloguero y casi a cualquier persona. Tampoco cuelgo canciones, aunque me lo hayan dicho algunas veces, porque la calidad de sonido de esos inventos es muy pobre, y mi pereza es mucha. Por aquí es bienvenido quien sea, hay total libertad para hablar sin limitaciones de ningún tipo -exceptuando la gramática- porque el primer paso para señalar las carencias de los demás es exhibir las propias.

Todo esto viene por una sensación de deuda pendiente, de un concierto en el que me lo pasé en grande, Irene Shams y Horacio Icasto en el Café Berlín hace más de un mes. Sentía que en agradecimiento (y porque alguien me lo sugirió como réplica a otro blog en el que se decían bastantes estupideces, no únicamente sobre los artistas sino sobre el sitio, demostrando la ignorancia del autor en lo que a salas de conciertos se refiere, y viniendo de quien venía era grave) debía escribir algo, dar un mínimo de publicidad, o mejor, ofrecer a la gente la posibilidad de ser más felices a través de la música. Pero faltaba la idea que hiciera saltar la liebre sobre el teclado, un hilo conductor que sirviera de excusa para ese ejercicio de onanismo mental que sería recordar tan buenos momentos.

Y la liebre saltó. Ayer estaba mirando standards para poder tocar con unos colegas, buscando partituras y versiones en el Youtube, cuando por casualidad apareció por ahí Lullaby of Birdland. En un instante salté hacia atrás en el tiempo, a cuando estaba disfrutando en primera fila de la energía que desprendía el cuarteto de Shams, cantando una versión que nada tenía que envidiar a la de Ella Fitzgerald. Y los recuerdos se agolparon: el repertorio elegido con tremendo gusto, la calidez y la presencia vocal de la Shams, los solos cristalinos y pletóricos de Icasto (creo que es la vez que más me ha gustado de las cuatro que le he visto), los toques latinos, brasileños, el swing, Bach, ese segundo pase pletórico en que los momentos de auténtico gozo se encadenaban uno tras otro…

Simplemente, cuando las cosas salen bien, todo fluye.

lunes, mayo 12, 2008

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¡Repitan todos conmigo!

jueves, mayo 08, 2008

Desierto

Hace una semana cambié por completo la música de mi ipod. Mi intención era hacer un recopilatorio de música de los 80 a un amigo, no especialmente melómano, que ya recibió las primeras entregas de este recopilatorio por décadas. Cuatro gigas de música llena de sintetizadores, baterías electrónicas y luces de chiribitas.

Hace una semana que publiqué el último post. Me están entrando ganas de escribir algo de nuevo pero… parece que la inspiración está en otra parte. Tomo mi ipod, lo enciendo, lo escucho y nada. La música de los 80 no me está motivando. Ni Culture Club, Tears for fears, Guns and roses, Jesus and Mary Chain (bueno, estos me motivan algo más), Adam & the Ants, Lloyd Cole ni un largo etcétera. Nada, cero. Al final tendré que recurrir a los clásicos de siempre, como The Cure, U2, alguna de Prince…

¿Soy yo o es la música de los 80? Perdóname… quien seas el que estás allá arriba, por no ser petardo.



miércoles, abril 30, 2008

Tres reflexiones hiladas de forma invisible

- Ayer cambié el timbre del móvil para recibir los mensajes y puse una canción. Es la primera vez que tengo un móvil que se puedan hacer esas cosas… o la primera vez que tengo ganas de hacerlo. La canción es la intro del Thirteen cities de Richmond Fontaine, The Border, 50 segundos de largas notas de lap steel y algún banjo lejano. Anoche estaba escuchando a The Cure, y cuando acabó de sonar Just like Heaven sonó el teléfono, había recibido un mensaje. Todavía tardó unos segundos en empezar la siguiente canción, y en ese lapso de tiempo me di cuenta de que había hecho la elección perfecta.
- Varias décadas separan dos de las mejores versiones de una canción mítica. Mientras que Eu sei que vou te amar, en voz de Maria Creuza y Vinicius de Moraes suena como si fuera el principio de muchas noches por venir, en la versión del Cigala y Bebo Valdés suena como si esta noche se acabara el mundo.
- Cuando escuchas una canción que se llama como una amiga, y esa canción no te parece muy buena pero no puedes dejar de escucharla, ¿te has enamorado de la amiga o simplemente te has vuelto idiota?

sábado, abril 26, 2008

NICK CAVE Y LOS BAD SEEDS EN BADALONA


Cuando llegamos al Polideportivo de Badalona había una muchedumbre de hombres y mujeres, la mayoría vestidos de negro, casi todos mayores de trenta años de edad, esperando poder entrar para ver la esperada actuación de Nick Cave y los Bad Seeds. Una vez dentro la espera fue insoportable: Cuarenta cigarrillos por metro cuadrado y los nervios a flor de piel. Aquello era un concierto para carrozas nostálgicos. Un chico le dijo a otro: “¿qué tal, tú por aquí?”, “sí, he dejado el chico y la mujer en casa, hoy he librado”, “tío esto es insoportable, de dónde sale tanta gente, esto es por tu culpa y sacarlo en la portada de la revista”, “sí, sí, ja, ja”. Al final salieron bajo una lluvia emocionada de aplausos. Empezaron arrolladores con canciones de sus dos últimos discos (Grinderman y Dig, Lazarus Dig). Pero enseguida llegó Red Right Hand y en la pantalla se proyectó un cielo nuboso: Ah, aquí están los bad seeds, las húmedas épocas de pozos insomnes, noches lánguidas y humores perros. A mí me coincidió con la adolescencia. Después del explosivo tema principal de Dig, Lazarus, Dig que lleva el mismo nombre (o quizás fue antes, porque no suelo recordar los nombres de canciones y álbumes), Nick nos habló de su madre, de que no le gustaba aquella canción, la imitó un breve rato, nos dijo que tenía 82 años. La gente reía cómplice, como si estuviéramos en una tertulia de café de miles de personas. Si alguien le gritaba algo desde la lejanía más remota él respondía prodigando humor y cariño. Los temas de los nuevos discos sonaron bien, quizás por falta de referencia. Me emocionó pensar que son justamente los que están ya de vuelta los que se atreven a hacer lo que no osan los jóvenes escépticos y desencantados de hoy: hablar de la vida y la muerte, atreverse con el amor, con los mitos de siempre, las calles de siempre, con lo mal que anda todo lo de siempre, y todo bajo portentosas guitarras, gritos y júvilo. ¡Cómo gritan esos cabroren cincuentones! ¡Cómo se mueven! ¡Qué coros! Esto es punk repeinado y encamisado, pero más fuerte que el punk, es rock & roll de guerrilla. Pero el tiempo pasa, y la voz se cansa, de ahí que los tema de siempre sonaran como un revoltijo pastoso a manos de comensales hambrientos: God on the superlow, Oh Deanne, Are you ready for love… Y como estábamos hambrientos y lo queríamos escuchar, bailamos hasta no poder más y escuchamos con el corazón para obviar las falsas notas, la voz rota. ¡Qué entrega! Y hablando de maullar mientras se canta, me viene a la cabeza una entrevista que le hicieron a Stephin Merritt, creador insaciable y líder de los Magnetic Fields. Le decían que en su último disco había desaprendido a cantar, a lo que él respondía que, en realidad, había dejado la bebida y había empezado a tomar conciencia del cante y a practicar de verdad. Es lo que pasa, a veces las adversas circunstancias de la vida son más favorables a la creación que las tomas concientes de decisiones y el trabajo. También el emponzoñado y heroinómano Nick, ha dado paso a otra cosa: su voz se ha calmado y recita más que grita con una contundencia nueva, el ritmo ha subido, las letras siguen volando. Nadie le pediría que volviera a sus demoledores dioses narcotizantes para poder gozar de sus canciones. El trabajo sí importa. La vida importa. Nick Cave nos brinda un Apocalipsis más sonriente. Hubieron dos bises, evidentemente los confundo. Tampoco sé si fue en el bis cuando cantó The lyre of Orpheus con la participación del público. En lugar de buscar el apoyo del público, intentó darnos a todos una experiencia de la música nueva. Ante el Oh mama! Todos respondíamos, Oh mama. Y aquello fue bonito. Lo que sí recuerdo es que en el segundo bis entró él con el teclado y empezó las cuatro notas iniciales de Into my arms y todo el mundo se volvió loco, luego se hizo un silencio sepulcral cuando empezó con el “I don’t believe in an interventionist God”. Y, evidentemente, todo el mundo cantaba “into my arms, oh Lord”. Quizás sean pocos, a estas alturas, que recuerden quién es el Lord, el Lazarus, el Orpheus. Y todo el mundo, tan metido en sus hábitos negros, como monjes que han perdido el candado del pozo donde escondían su Dios, cantó: “But I believe in Love”. Finalmente, el segundo bis, cuando él ya se había quitado la americana y desenfundó una camiseta negra y roja, fue el turno para la asincopada Supernaturally y, para cerrar, un hit de las Muder Ballads: Stagger Lee. El público aplaudía a todo, aunque no todo lo viejo sonaba bien, pura deferencia. Cuando presento a “Lord Warren Ellis” el aplauso no pudo ser más generoso. El público entendía que estaban ante un maestro y sus grandes secuaces, y que las cosas del pasado no siempre regresan vivas. Los maravillosamente nuevos Nick Cave y Bad Seeds pertenecen ya a otra vida. Será difícil, pero tendremos que aprender a empezar también con ellos de cero, como si nunca hubiera existido un Nick, un Warren, un yo…

martes, abril 22, 2008

Paraísos en la oreja

Las músicas de playa podrían pasar a ser un género propio. O varios: depende de la playa. En Benidorm es evidente que cualquier cosa que no suene a canción del verano o house machacón de madrugada está fuera de lugar. Además, Benidorm está demasiado cerca. No es lo mismo que, por ejemplo, las islas Seychelles.

Ni que decir tiene que estar en una playa paradisiaca es mejor que imaginársela. Pero si algo estimula la música en mi malsana cabeza es la imaginación. Y creo que no soy el único: ya antes de La playa (peli que a mí me gustó, y si hablamos sólo de la primera mitad, me encantó) uno podía asociar Porcelain de Moby con algo parecido al cielo, cosa de lo que se aprovechó, para nuestra desgracia, alguna cabeza creativa de TVE para colocarla en todas sus ráfagas y vulgarizar las aspiraciones de toda una generación que soñaba con dejar sus trabajos de mierda y trasladarse a vivir a un lugar en el que no dar un palo al agua, follar todo el día y sentirse realizado pescando pececillos.

Otra de estas músicas del paraíso es la bossa nova. Si el tropicalismo de Gilberto Gil, por ejemplo, es una borrachera sensorial más propia del Carnaval de Rio o de su costa atestada de gente, la sobriedad de Joao Gilberto (y Stan Getz cuando le daba por bajarse al sur) transporta a calas imaginarias donde dejarse llevar por una soledad liberadora y la sensación de que el tiempo, lejos de volverse loco, parece que se ha quedado aparte, simplemente se ha desvanecido. De todas formas, esta separación no existe en la realidad: Gilberto Gil toca temas intimistas y Joao Gilberto hizo alguna que otra versión demasiado grandilocuente de clásicos como Manha de carnaval como para ser feliz dentro de sus notas.

Parece que Ibiza fue ayer y todo eso del chill out ya no nos invade, aunque el sueño sigue estando ahí. Desde que New Order (¿o eran Happy Mondays?) se pusieran hasta el culo de todo con la excusa de grabar un disco, o puede que gracias a Madonna, la fama de la islita como el lugar donde los deseos se hacían realidad no hacía más que crecer. Y los 90 fueron suyos, ya sabemos la historia. Sin embargo, el chill out, una versión hedonista de la new age –otro de mis pecados musicales: me encanta la música new age-, con alguna que otra excepción, siempre me ha parecido que promete más de lo que da. La mayoría de chill out me parece chabacano, de garrafón, con raras excepciones, a las que, quizá por pudor, sus autores no se atreven a calificarlas como tal. Hubo una época en que todo era chill out, y tanto fue el cántaro a la fuente que se rompió: ahora el mundo entero lo denosta.

Sin embargo, yo le tengo cierto cariño a esa palabra, y aunque Christian Fennesz seguro que me arrancaría la cabeza de un muerdo, me atrevo a llamar a su electrónica minimalista con esa acepción. Sin embargo, el autor –o su discográfica- juegan con los mismos elementos: la portada del Endless Summer (título ibicenco por excelencia) es un atardecer de esos que parecen eternos. Su música (hay algunos que no la calificarían como tal), para dejarse llevar.

¿Y Panda Bear? Lo suyo es distinto, pero, sin que sea algo negativo, su Person Pitch recuerda en ciertos momentos a la world music de los 90. No siempre se tienen que manejar las mismas influencias, ¿verdad? Y Panda Bear las tiene de las más insospechadas, toda una corriente de aire fresco para sus paraísos psicodélicos, playas coloridas en las que te puedes encontrar, imaginándolas, los objetos más insólitos, sin que desentonen con el ambiente. O simplemente puedes dejar que esa frescura te acaricie los oídos.

Otra confesión, otro pecado sonoro: me gustan Chambao. O puede que no y solo sean las ganas de epatar al personal: una vez me bajé sus discos y no los escuché con demasiado interés. Pero les tengo mucho cariño a varios singles suyos que ponía un verano que hice prácticas en la radio: en lugar de estar en un cubículo inmundo que se caía a cachos me largaba a… tomar por culo, no sé, muy lejos de allí.

Para eso sirve la música, ¿no?





martes, abril 15, 2008

... y más allá

Vale que no sea el mejor batería de la historia. Los hay mejores: dentro del rock, yo tengo especial devoción, claro está, por John Bonham. Éste tampoco es que fuera el mayor virtuoso, pero, aparte de clavar los tiempos, que es lo importante en un batería, era tremendamente creativo (como todos los Led Zep). También he hablado alguna vez del baquetero de Joy Division, Stephen Morris, el miembro menos conocido de la banda y sin embargo una de las señales de indentidad de los mancunianos.



No será el mejor el mejor batería de la historia, y ha sido muy criticado por ello: no se puede estar en el mejor grupo de la historia y ser normalito. Incluso George Harrison tiene sus fans, tampoco es un virtuoso pero es sobrio y efectivo, y su aire serio le da una solemnidad tipo "eh, este tío tiene que saber lo que hace".



Pero Ringo no, Ringo era un cachondo, sin ínfulas de ningún tipo, había venido aquí a pasarlo bien aporreando tambores. Sin embargo, hay pocos loops tan obsesivos como el de Tomorrow never knows. Se prolonga hasta el infinito.



miércoles, abril 09, 2008

El secreto de la Rockdelux (y de la prensa musical en general)

Quizá sea achacable a la excesiva juventud de sus redactores, o a que estos se siguen sintiendo jóvenes. Puede ser también que el periodismo musical es como el primer amor, y a pesar del paso de los años, los conciertos, las entrevistas y las críticas de discos, todavía puedes conservar esa sensación de trascendencia, de “esto es tan importante que hay que decirlo”. Pero creo saber ya qué es lo que caracteriza a esta revista y a la mayoría del sector.

La absoluta falta de sentido del humor.

domingo, abril 06, 2008



Durante el mes que pasé en la Gran Manzana estuve buscando algo. Nueva York es miles de ciudades diferentes, que a su vez no pueden ser sino Nueva York. Al igual que las miles de Nueva York diferentes que tenía en mi cabeza, y allí encontré casi todas. Menos una.

Dimos grandes paseos, nos recorrimos Manhatan de punta a punta, viajamos por Brooklyn hasta un Coney Island lleno de suciedad para meter los pies en el agua fría del Atlántico, el inmenso océano que nos comunicaba con casa.

Cuando fui consciente de que no encontraba lo que estaba buscando, me lancé solo a por ello. Llegué a Harlem, a Washington Heights, más allá (por el Bronx, más al norte, ya había pasado anteriormente), bajé de nuevo y volví a recorrer, una vez más, el Village, la zona financiera y el Upper West Side. Y nada.

El verano de 2005, mientras hacía prácticas en el diario ABC, descubrí a Interpol. Muchas veces, cuando salía del periódico, ya pasadas las 9, me ponía el Turn on the bright lights, que me había dejado mi amiga Miriam, en el disc-man. No sé si es por mi excitable imaginación o por esos viajes en bus a casa después de una larga jornada, mientras anochecía, que asocié el disco, y también al grupo, con un ambiente crepuscular, en ese breve momento del día en que parece que el tiempo se detiene, que las cosas quedan suspendidas dentro de ninguna parte, cuando los fantasmas todavía no han salido pero se pueden ver, cuando la más trivial de las palabras puede resquebrajarte.

Poco más tarde escuché el Antics y lo mismo. Our love to admire, pese a que me parece fallido, tiene un par de temas que me dejan esa sensación de atardecer efímero, suspendido en el aire, cuando la brisa te puede poner los pelos de punta. Ahí sabes que te falta algo por dentro, pero nunca el qué.

En Times Square me compré el Turn on the bright lights, que, después de devolverle el disco a mi amiga, sólo había tenido en mp3. Esperaba que el círculo se cerrara, que con el LP en mi mano, en la ciudad en que se formó el grupo, en las calles por donde pasearon y por donde se fraguaron las canciones, vendría el deja vu, la resolución del misterio. Pero el crepúsculo sonoro sólo estaba en mi cabeza.

Y ahí sigue.



lunes, marzo 31, 2008

El orden de las canciones altera el resultado

Nunca se me habría ocurrido que el Funhouse de Iggy & The Stooges empezara con otra canción que no fuera 1970. Y mucho menos que el comienzo del disco lo marcara Down in the street. Desde que descargué el LP me parecía lógico que el segundo tema fuera Dirt, más oscuro y contenido que la descarga de rabia del inicio. L.A. blues, apareciendo con su berrido free jazz justo en medio del disco, era toda una declaración de intenciones, para continuar enseguida con la fuerza encauzada de la mencionada Down in the street. T.V. eye resultaba extraña para cerrar el apocalipsis rockero de la Iguana y los suyos, pero llegué a la conclusión de que era necesario acabar en alto: trallazo final y punto.

Pues bien, nada de eso es correcto. El único criterio que había seguido mi reproductor mp3 no fue el orden original de los temas, sino un simple y vulgar orden alfabético. Y yo, en mi locura melómana, le había dado una coherencia tal que me parecía una narración musical perfecta. Ahora, sin embargo, veo las canciones sin hilo ninguno entre sí, simplemente están ahí, apiñadas, esperando que mi dedo las seleccione en orden correcto, para que digan algo todas juntas.

De un tiempo a esta parte ya no considero los discos como un discurso continuo y cohesionado sino como una colección de canciones de orden más o menos aleatorio: el mp3 ha modificado mi forma de percibir la música o, al menos, de escucharla (post que desde que comenzó este blog estoy pensando escribir: las diferentes formas de escuchar música y cómo ha cambiado nuestra forma de hacerlo últimamente). Sin embargo, antes la experiencia consistía en escuchar el disco entero. Simplemente hay cd’s que, si cambiara mínimamente el orden de los temas, perderían gran parte de su magia: Deserter’s songs de Mercury Rev, OK Computer o Kid A de Radiohead, Una semana en el motor de un autobús de Los Planetas, la mayor parte de LP’s de U2… Muchos de mis discos favoritos dejarían de serlo: me encantaba sentarme a escuchar un disco como si fueran a contarme una película, con su presentación (un tema movido), su nudo (temas medios, altibajos que creen la tensión) y su desenlace (incluso su epílogo: la bonus track).

Pero no, los discos en los que cuenta el orden, herederos de la parte final del Abbey Road, o más concretamente, del Dark side of the moon de Pink Floyd, parecen ser únicamente los de metaleros progresivos con exceso de megalomanía. El sencillo y sin pretensiones género del pop no puede atarse a discos conceptuales. Si alguna vez lo pareció… fueron imaginaciones. Las canciones son lo importante. El resto… podemos seguir imaginándolo.

martes, marzo 11, 2008

Revolucionarios de peluca empolvada

Cuando se habla de música y política, parece que lo que hay que mencionar son cosas The Clash, el punk, el folk más combativo, etc. Otras músicas parecen más cerradas a la expresión de ideas incendiarias y por ello cómplices ante un público acomodado de la necesidad de llamar la atención sobre la realidad que nos rodea. Después de todo, es música, es una forma de evasión, de viajar a otros mundos, ajenos al devenir del día a día, mundos felices que evitan al oidor la concienciación política. Para eso servía el arte, ¿no?

Nada más lejos de la realidad. La música es eterna, pero los músicos son productos de su tiempo. Y desde que las ideas sobre el poder de los hombres para cambiar el orden establecido comenzaron a circular por las mentes de algunos privilegiados, los músicos prestaron orejas e ingenio a la nueva realidad.

Quizá el primer músico “revolucionario” en sentido estricto sea Mozart: no en vano, vivió de primera mano el principio de todo esto, la Revolución Francesa. Un hombre que siempre está caricaturizado como de personalidad infantil, incapaz de la trascendencia, es también uno de los mayores agitadores políticos de la época, aunque, como todo en Mozart, de forma sutil e ingeniosa. No en vano se alió con elementos de la talla de Lorenzo da Ponte, vividor y liberal, para que le escribiera los libretos de algunas de sus óperas. Y de esa unión nacieron obras como Las bodas de Fígaro, que para un espectador poco avispado podía parecer casi una comedia de enredo, y sin embargo el texto teatral en el que se basa fue prohibido en su época, pues es una crítica a la servidumbre y las maneras del Antiguo Régimen, y un canto liberal a la igualdad del ser humano. Estas ideas fueron limadas en la versión operística que, de otra forma, no hubiera pasado la censura.

Pero quizá la música "política" más famosa del compositor austriaco sea la de La flauta mágica. Esta ópera es tomada como una parábola masónica, y por tanto, difusora de las ideas más modernas de la época. Estrenada en 1791, meses antes de la muerte del compositor, quizá pasó más inadvertida en ese sentido que la anterior: después de todo, había una revolución real de por medio, que había sacudido como un terremoto a toda Europa.

Si Mozart sacaba punta a las nuevas ideas con finura y sutileza, Beethoven lo hacía a patadas: de forma impactante, como su música. De ahí su sinfonía número 3, la Heroica, dedicada en principio a Napoleón, cuando el alemán veía en el francés a un seguidor de las ideas más liberales. El alemán le retiró la dedicatoria cuando vio en él a un déspota y a un tirano. Pero su mayor obra política es también su mayor obra, a secas, y en opinión de este escribiente la mayor obra de arte creada por la humanidad: la Novena, la Coral, esa monumental sinfonía estrenada en 1827 cuya popularidad se extendió como la pólvora casi al instante. Eran tiempos duros, en que las ideas liberales sufrían una dura represión, y los comprometidos textos de Schiller transformaron, por sugerencia de la censura, la Oda a la libertad en Oda a la alegría. Sin embargo, esto no disminuyó un ápice el carácter revolucionario de la sinfonía, y no solo en lo que a lo musical se refiere. Wagner, otro de los que dejan ver de forma translúcida su visión del mundo en sus creaciones, la tomaba como ejemplo de las ideas más humanistas y de hermanamiento de pueblos… hasta que su concepción política dio un vuelco y la tomó como un símbolo de la identidad alemana y de su superioridad frente al resto.

Mientras que en los estertores del romanticismo literario éste se volvía cada vez más fantástico y alejado de la realidad, también más morboso y tétrico, en música, contrariamente a lo que se podía pensar, el peso de la época estaba muy presente (y la música nunca dejó de ser luminosa). Incluso autores tan ensimismados como Chopin tenían presente la realidad social de su momento, y prueba de ello es el Estudio nº 12 en do menor para piano, apodado como Revolucionario. La pasión desborda a esta obra, compuesta a raíz de la represión de los alzados de Varsovia contra la dominación rusa. Puede ser un ejemplo del nacionalismo exacerbado de los románticos, pero esta vez va más allá de adaptar formas de la música tradicional del país y de la afirmación del terruño, es toda una declaración de intenciones contra el poder tiránico.

Avanzado el siglo XIX, el romanticismo sigue presente en la música, y con él las veleidades nacionalistas de distinto signo. Paradigmático es el caso, en la ópera (que por su capacidad narrativa posibilita una mayor expresión política), de Verdi y Wagner. Ambos representan dos visiones contrapuestas de este arte y dos concepciones nacionalistas no menos enfrentadas: mientras que el italiano es famoso por su liberalismo garibaldino del ala más radical, el alemán, como hemos visto antes, pasó del progresismo más internacionalista al germanismo más reaccionario: su obra es una exaltación de los símbolos de su patria, hundidos en el pasado, en la tradición más inamovible.

Llegados al siglo XX, el siglo más político de la historia, el activismo musical disminuye, al menos en forma. Las ideas renovadoras y la hermandad de los hombres se diluyen, los nacionalismos se han convertido en una explotación folklórica sin ningún tinte social destacado, aunque a veces dejan un ligero tufillo conservador (Rusia puede ser un caso aparte… o no): quizá la única pieza reseñable sea la Atlántida de Falla, que era el legado del músico a la humanidad desde su exilio en Argentina tras la Guerra Civil, pero es más emotivo que ideológico. En este siglo, los cantos a la libertad son sustituidos por gritos desgarradores, producto de las dos guerras mundiales (Messiaen, Penderecki), y el nihilismo va transformándose hasta convertirse en intrascendencia.

Ahora la política de los músicos se basa, si es que la tienen, en los actos. El más destacable de ellos viene de parte de Baremboim y su West Eastern Divan, orquesta formada por jóvenes palestinos e israelíes. La libertad no está perdida.

viernes, marzo 07, 2008

Feedback, ¡coño!

A veces estar en un escenario parece fácil. Con el paso del tiempo, para una figura reconocida, lo será: más tablas, menos sentido del ridículo, experiencia… y un público más entregado, que sabe lo que va a ver.

Mi experiencia como músico es un tanto especial: una big band de jazz o un coro de gospel no suelen ser cosas que el público, que además no suele saber con qué se va a encontrar, se espere. Es lo que pasa cuando la gente no va a un sitio específicamente para verte.

El sábado pasado fue, por así decir, una de esas veces. En esta ocasión era un público casi exclusivo para nosotros (hubo antes un tipo que recitó varios poemas), compuesto por gente de mediana edad (el rey de los eufemismos). Normalmente, esta “gente de mediana edad” no tiene ni idea de música gospel, tampoco tiene por qué tenerla, más allá de cuando llevaron a sus hijos (ahora universitarios y que cantan en un coro gospel) al cine a ver Sister Act. Al principio, los aplausos son tímidos, casi apáticos, nadie se levanta, además de ser cierto que no estábamos tan finos como quisiéramos, en sonido, en actitud, nos costaba arrancar. No era mal público, después de todo.

El punto de inflexión vino cuando yo me encontraba fuera del escenario, por no haber tenido tiempo para aprenderme el tema que venía a continuación. Mis compañeros hicieron una versión estupenda del Lord’s prayer (el Padre nuestro de toda la vida pero musicado). En el momento justo: esta canción, bien cantada, pone los pelos de punta. Algo, que no se podía adivinar por las caras del público, había cambiado. Una sensación, no totalmente consciente en aquel momento. Pero todos, sin saber por qué, nos sentíamos más cómodos. Y eso se notó: poco a poco la barrera se iba rompiendo, las caras pasaban de la sorpresa o de la indiferencia a la sonrisa cómplice, y el remate vino con Joyful, joyful (una adaptación gospel de la coral de la 9ª sinfonía de el viejo Ludwig van). Sonaban palmas gustosas, divertidas, y al fondo había un chavalín negro que parecía saber de qué iba la cosa (¿la música se transmite en los genes?), viviéndolo todo. Bailes, palmas, ánimos, los fallos garrafales se perdonaban e incluso se incorporaban cómodamente a la masa sonora; ahora todo, desde el grupo de cantantes hasta el público “de mediana edad”, pasando por todos los elementos inanimados de la sala, era una sola ola, que se movía al tiempo, todo estaba conectado. Sería cosa del ambiente, el aire ya estaba cargado con el calor que desprendían las gargantas y los cuerpos en movimiento, se había solidificado. El sudor nos había unido, y el final se adivinó apoteósico: ya daban igual las partes, solo se tenía en cuenta al todo.

Lo celebramos como si de un partido de fútbol se tratase; después, salimos al patio del colegio y seguimos cantando: la gente se asomaba a las terrazas.

jueves, marzo 06, 2008

Pequeños clásicos

El EP era una modalidad de música que hasta hace bien poco había despreciado vilmente. Creía que era un género que sólo había tenido vigencia antes de la existencia del CD, por una pura cuestión material del vinilo y que no tenía que ver con la música. Era, por así decir, algo menor. Además, a mi favor jugaba el hecho de que muchas de las canciones incluidas en los EP’s aparecían en el siguiente largo de la banda en cuestión. Un artista tenía que jugarse el tipo en un LP, y cuanto mayor fuera la duración, mejor: lo ideal eran los 60 minutitos de música (cosa que rara vez alcanzan los grupos actuales). De hecho, creo recordar que el único EP que había escuchado hasta hace bien poco era el famoso Medusa, de Los Planetas.

Pero hete aquí que, de un tiempo a esta parte, me he hallado por casualidad escuchando EP’s. No sé con cuál comenzó esta afición: quizá no empezó con ninguno, sino por la sana costumbre completista que tengo con ciertos grupos (pocos). El primero que se me viene a la memoria ahora mismo es el Joanna Newsom & the Ys Street Band, nombre que además deja entrever que la pequeña elfa arpista también tiene sentido del humor. Y me pareció una cosa deliciosa, algo así como las bagatelas de Beethoven, que vale que son obras menores, pero ¡vaya obras menores, señora! Tres canciones, incluyendo una versión monumental de Cosmia, me hicieron caer en la tentación. Sin saberlo.

También por las mismas fechas, es decir, más o menos un año, disfruté por primera vez de otro EP, esta vez un clásico a la altura de cualquier disco de la banda y que además tenía la virtud de ser seminal: el Spiral Scratch de Buzzcocks. Y me di cuenta de que el formato esencial de estos punkpoperos era el easy play.

De un tiempo a esta parte, un puñado de EP’s han ido cayendo, y además de ser mejores que algunos discos largos de sus autores, también tienen sentido propio, como el Nuclear war de Yo La Tengo, cuatro versiones de un tema de Sun Ra que no he escuchado (y que me da pereza hacerlo: deduzco que los de Nueva Jersey se han pasado la original por el forro). Otro que ahora endulza mis oídos es People, parido hace dos años por Animal Collective, grande, muy grande. Algo menor, pero sin duda curioso, sobre todo porque no era capaz de imaginar a Cansei de Ser Sexy versioneándoles, es el Friend de Grizzly Bear.

Suma y sigue: a Tom Waits pongo por testigo de que jamás volveré a despreciar un EP.


viernes, febrero 29, 2008

Clásicos para gafapastas desprejuiciados: La leyenda del tiempo, de Camarón


¿Flamenco? Sí. ¿Vas a comentar un disco de flamenco? Sí. Un disco que no vendió más de 5.000 copias cuando salió, en 1979, y que enseguida fue repudiado por los amantes del género. Todos consideraban que a Camarón (fue precisamente en este LP cuando eliminó el “de la Isla”) se le había ido la olla: bulerías cuyo compás lo marca la batería, solos roqueros, un moog haciendo de las suyas por ahí, una rumba tropical además compuesta por un payo que se hace llamar Kiko Veneno. Además, el primer disco sin el guitarrista que le acompañó durante tantos años, Paco de Lucía: ahora van con él otros dos, jovencísimos, Tomatito y Raimundo Amador.

Pero a lo que íbamos. El disco es perfecto de principio a fin. Punto. Salido de una época en que las fusiones todavía no eran conocidas como fusiones, Camarón se acercaba sin complejos al rock, sin dejar de ser nunca flamenco y seguir a rajatabla sus reglas… pese a que de vez en cuando le diera por innovar más de la cuenta.

Todo en él está medido milimétricamente: grandes canciones, letras con arte (tomadas de poemas de Lorca y Fernando Villalón, entre otros), solos que entran en el momento justo, arreglos que mezclan de forma justa la tradición y la ruptura, y por encima de todo la estupenda voz de Camarón, perfecta en tempo y afinación, desgarradora, agudísima.

El disco comienza con unas palmas en “fade in”, entrando desde la lejanía y el silencio, luego una guitarra que empieza a rasguear frenética, y al instante aparecen bajo y batería rompiendo esquemas: a partir de ahí todo es posible. El espíritu rupturista aparece en el disco en diversas formas: desde este principio, la canción que da título al álbum, aires de rock progresivo además en La Tarara, tropical en Volando voy (con solo de flauta y bajo incluidos) o psicodélico en Nana del caballo grande, con un sitar volando, con el que acaba el disco, que va desapareciendo en el tiempo y el espacio, dejando un vacío infinito. Pero la “pureza”, siempre relativa, también tiene su hueco, como en Romance del Amargo, Tangos de la sultana y otro buen puñado de temas inolvidables. La cuestión es que no importa la canción que sea en ese momento, simplemente tiene la grandeza de las cosas que permanecen.

Además, en la portada sale Camarón de perfil, con barba, entre sombras, solo iluminado por una luz lejana, fumando. ¿Se puede ser más cool?
P.D.: merece la pena saber más sobre este disco y lo que significó. La leyenda del tiempo

sábado, febrero 09, 2008

Third world dance

Cuando estuve en Tetuán, el pasado diciembre, tuve la oportunidad de escuchar dos grupos de música tradicional de aquellas latitudes. Nuestro guía, el director del colegio español Jacinto Benavente de Tetuán, nos estuvo explicando las características de estos grupos: uno era de corte más lúdico (y estaban completamente locos, uno de los tipos sacaba de un saco cualquier cacharro), todo percusiones y una especie de trompetas sin pistones larguísimas, que tenían que montarse para ser tocadas de lo largas que eran. El otro grupo era una cofradía (Marruecos es el único país donde existen, pues el Islam no las permite), donde había percusiones, instrumentos de cuerda y un coro que cantaba y bailaba hasta entrar en trance (luego hacían cosas como tirarse sobre cactus y beber te hirviendo), las tonadas infinitas que repetían una y otra vez y que variaban de repente creo que se llamaban nawales, y eran cánticos religiosos que podían durar tres cuartos de hora. Mientras tocaban, nuestro guía nombraba los instrumentos y su historia (la pena es que se me haya olvidado casi todo), y el dire de mi big band nos preguntaba de vez en cuando en qué compás estaban tocando, saliendo estructuras super-raras de 10 por 4 y cosas así... Pero estructuras superbailables. Y ahí tuve mi epifanía: un grupo de estos, si en lugar de chilabas blancas y zapatos desgastados les pones ropas de última moda triunfarían en Benicassim a las 2 de la mañana. Era tal la apoteosis rítmica que eran imposible no dejarse llevar, aderezada por trompetas y cánticos.

No he sido el único en darme cuenta del potencial bailable de las músicas étnicas, injustamente agrupadas en torno a un denominador discriminatorio que las hace ver como si fueran iguales. Desde Sri Lanka en origen, desde Inglaterra en proyección, M.I.A. descubrió el potencial de los ritmos y el tenso fraseo tamil, y lo mezcló con otras cuantas culturas más, incluyendo la techno y el hip hop, y aprovechó la ocasión para dar una patada a la farsa de la globalización.

Pero si no estuviera viviendo en Inglaterra y cantando en inglés se habría comido los mocos.

Desde una de los rincones más ricos del mundo, el Mediterráneo, viene Shantel, alemán de orígenes balcánicos, popularizando la extraordinaria música de su tierra (y de muchas otras más, no hay forma de decir dónde acaba una cultura mediterránea y dónde empieza otra, incluyendo el flamenco, que tiene elementos comunes con el resto de músicas de las orillas de este mar). A éste sí que le importa menos el idioma, y a veces añade sonidos dance familiares para que el melómano de turno no huya despavorido ante algo que no suena lo suficientemente anglosajón, pero a veces deja que la música simplemente siga su curso. Acompañándole han venido unos cuantos compatriotas, de tierra o de alma, a cada cual más gamberro y divertido, encabezados por Gogol Bordello.

- Señora, pero todo esto ¿no lo hacía ya Goran Bregovic, y mejor?

- Sí, pero antes no estaba de moda.

También hay que hablar de la pretendida invasión Bollywood de las pistas (comerciales) y el cine (comercial), más falsa que un billete de 1.500 pesetas.

Ala, y todos a bailar con la música de nuestros primos pobres.

Por cierto, los recopilatorios de Ethiopiques son la leche.




jueves, febrero 07, 2008

Cosas raras, yo entre ellas

De un tiempo a esta parte, y animado por lo que se ha dado en llamar after pop (o eso es lo que decía el tío de laOtra), he vuelto a mirar hacia lo que se dio en llamar post rock. Básicamente, post rock era cualquier cosa rara, así de claro. Matizando un poco, era música rara, lenta y que utilizaba guitarras sin distorsión en muchas ocasiones. Y las canciones podían durar 7 u 8 minutos y no importarle a nadie, y si eran instrumentales y tristonas, mejor.

Hace poco empecé a bajarme post rock. Completar a Mogwai y escuchar a Slint, Goodspeed you! black emperor, Bark Psychosis, Tortoise y multitud de grupos raros. Entre comillas raros, porque Mogwai son muy escuchables. Y si ya pasamos al post rock que surgió a principios de década (mejor, a principios del milenio, que suena más apocalíptico, como la etiqueta post rock), Sigur Ros o Explosions in the sky, se puede decir que son directamente comerciales, sin que este adjetivo sea necesariamente peyorativo. También estaban aquellos, algo aburridos para mí, la verdad, grupos que se acercaban a esos sonidos pero sin abandonar el pop, como Low o Death Cab for Cutie. Pero hacía falta algo...

Y aquí es cuando llega el presentador del programa de videoclips de laOtra (que se merece un post entero, el presentador, y el programa dos) y su etiqueta after pop. Porque, indudablemente, grupos como Battles, Liars (bueno, estos casi podrían ser el eslabon perdido entre el post rock y el after pop) o cualquiera que haya surgido de Nueva York (ciudad de la conjunción arty rock por excelencia, a años luz de Berlín) en el último año son raros, pero no son post rock. Porque juegan más con los ritmos, son indudablemente más lúdicos y hedonistas, y más desprejuiciados a la hora de hacer algo (y que a veces ese algo sea música), pero también son más "accesibles", o eso me parece a mí, más abiertos al mundo. El post rock sin duda es de hermanos mayores, el after pop de hermanos pequeños. Y los hermanos pequeños pueden ser muy cabrones, porque escuchar a Black Dice requiere un buen par de pelotas.

Si el post rock era un cajón de sastre, el after pop ni te cuento, es lo que tienen las nuevas (y la recuperación de las viejas) técnicas de grabación.

Y luego están Animal Collective, cualquier intento de definirlos sería morir en el intento. Pero vaya gustazo. Su último disco sí que puede ser pop, se han dejado de los maravillosos desarrollos sedantes y psicodélicos de anteriores entregas y han dado fuerza a sus extraordinarias melodías, jugando con ritmos de origen (solo de origen) africano y... pues eso, jugando.

Y Yo La Tengo... ¿eran post rock antes del post rock?



viernes, febrero 01, 2008

VINILO


Son las cuatro de la mañana. Salgo al balcón para recuperar, del bolsillo del pantalón demolido que cuelga encima del precipicio, la entrada del concierto de hoy. No me acuerdo de los nombres de los grupos, y esto me ayudará. Se celebra el aniversario de un bar (buen principio). Se llama Vinilo (esto está mejor). Los nombres son Be brave Benjamin, Daniel Gutierrez, Jahbitat, Bliss, Inspira, Egon Soda y sesiones de DJ que he restringido, porque mañana tenemos que trabajar. El nombre del local es el pórtico de una historia de terror: Be Cool, buuu, beee coool! Ah! En catalán “vi” y “cul” sería “vino y culo”, traducción fonética que motiva más que la traducción literal. El ambiente es delicioso, el precio de la bebida menos. Una vez más: tienes que estar relleno para poderte emborrachar. Los Be Brave Benjamin practican un folk encantador, Bliss es del todo prescindible, Egon Soda resulta un derivado interesante (aunque conocido) del pop rock más depresivo: añádense los acordes y guitarreos de Los Planetas a una batería martilleando a lo Joy Division y a unas letras cercanas al, irritablemente adorado por una servidora, Nacho Vegas. Y en medio de todos esos grupos, un engendro exquisito: Daniel Gutiérrez y sus “fragel rock”. Sube el chaval, jovencísimo, en el escenario y se pone a cantar a capela, con su chaqueta de chandal con capucha, casi un adolescente o alguien que lo vuelve a parecer, su rostro sureño un tanto triste y sus pantalones caídos, el cuerpo robusto, aunque parezca que aún tenga que crecer. Son cantos populares, uno diría que es ahí donde empieza el folk, parece un aullido de esclavo que ya no lo es. Una patria lejos quizás. Alguien chasquea los dedos para acompañarlo, él hace que no con la cabeza y la mano, no es que no le siga el ritmo, sino que habla de una historia que el oyente es incapaz de seguir. Mejor el silencio. Una vez terminado coge un aparato sampleador como el que utilizó Blixa Bargeld en su concierto, pero más rústico, empieza a hacer cantos extraños, diríase milenarios, a la vez hace sonar la harmónica de forma monocorde, Bob Dylan pasado de tuercas, lo deja todo sonando, se viste con una guitarra y sube otro chico al escenario para acompañarlo con el slide. Suena precioso. Podría ser la banda sonora de Dead Man de Jim Jarmush. Después se desviste de la acústica y se prueba la eléctrica. Entonces sube otro chico a la batería. Empieza a llover música espontánea y tormentosa, pura emoción. El chaval, que antes estaba cohibido ante la desnudez del escenario, se deja llevar por la resonancia del propio sonido. Es un regalo para todos. Él sigue en la guitarra, pero el chico de la batería se desplaza y empieza a remixar música, a samplear, a utilizar el scratch. Un tercero sube para hacer nuevas voces. El chico sureño ya está tumbado allá donde aún no se atreve a acercarse el público,en las dos primeras filas, y sigue cantando en su posición horizontal. Y con el mismo misterio con el que empezó, así acaba aquella maravilla. Son esos los momentos en que no puedes preveer nada, en que no esperas nada y quizás lo puedas esperar todo. Al mismo tiempo, entre conciertos, mi contertuliano recién presentado por mi amiga, un chico mayor que yo que hace cine y que ahora tiene una película en la cartelera de Barcelona, me señala la camisesa que llevo (es la portada del Dirty Boots de Sonic Youth –mi única camiseta de propaganda que tengo-) y me dice que vio la presentación del disco el año 1994 en Barcelona. Nuestra charla sigue con esas efigies queridas. Me cuenta que vio a Nick Cave el 1985 en una pequeña sala de Barcelona y que iba, como el pavo de Navidad, tan rebentado de cosas por dentro, que tuvieron que sacarlo con una camilla. Los dos reconocemos que los últimos tres días hemos escuchado a la espina-Vegas y rememoramos los trabajos de Lech Kowalski a partir de un documental increible que hizo de los Sex Pistols. La música lo llena todo. En este momento se vacía cualquier deseo o quizás lo sustituye con preciada y magnífica exactitud. Mis acompañantes se van y me quedo sola en medio de un público cada vez más contento y más pobre. Me siento segura, con el abrigo negro, evidentemente por el alcohol. Las letras deprimentes las han dejado para el final, y así una se da cuenta, de forma doblemente evidente, que ya está sola y que el cuento se acaba. A mi alrededor están un montón de chicos que a esta altura de la noche me parecen atractivos, pero me pongo a escuchar la letra de las canciones y me evado de toda tentación, aunque si respondiera a ella, tampoco sabría por dónde empezar. Empiezo a ponerme celosa por el que no está. Empiezo a rabiar de impotencia, pero no del todo, porque una guitarra eléctrica puede más que mil pensamientos, y un minuto de música más que mil palabras. El camino de regreso a casa con la bicicleta se cola rápido entre calles vacías y las ganas de desaparecer bajo las mantas. Tan vacías como la pantalla del móbil. Ningún mensaje breve y una noche larga para poder volver a rememorar. El reloj ya marca las 4:40. La lentitud con la que se transforma un recuerdo se asemeja a la que se necesita para escribir un texto y es directamente proporcional al tiempo que requerimos para aprender a olvidar.

domingo, enero 27, 2008

La dificultad de un directo

En el Summercase del año pasado actuaron los míticos Jesus & Mary Chain. Yo los vi. Tampoco es que los adore pero el Psychocandy, aunque sea un tópico decirlo, es un gran disco. Una producción rompedora, distorsión a punta pala, el principio del movimiento shoegaze, etc., etc. Pero en aquel concierto de reunión del Summercase... todo sonaba muy limpio, lo cual es irónico cuando en la mayoría de conciertos en salas el sonido satura muy pronto debido a la poca calidad de los altavoces. Y la reverberación no era la misma en un escenario al aire libre que en la fría nave industrial en que se desarrolla el Psychocandy en mi imaginación. Just like honey perdía algo, no tenía ese aura de estar escuchando una canción mítica, sino un éxito para salir del paso, acabar el show y contar el dinero mientras viajas en el avión de camino a otro festival más.

Ahora, The Magnetic Fields (siempre me ha gustado ese nombre) se han planteado sonar más Jesus & Mary Chain que Jesus & Mary Chain. Distortion se llama el intento. Y la verdad es que en las primeras escuchas convence, si bien en éstas pocas veces suelo pasar de la mitad del disco, aunque me encante (el proceso de ósmosis de una música en mi cabeza suele ser lento). Pero rápidamente me ha entrado la duda: ¿serían capaces de trasladar ese sonido, ese algo que lo hace tan especial, a un directo? Esta pregunta me asalta cada vez que escucho un grupo con "demasiados efectos", que doblan o triplican las pistas de voz (algo muy común hoy en día), meten tres o cuatro guitarras como mínimo, colocan coros superoriginales y brutales, abundan las percusiones y sonidos electrónicos de relleno, etc. Y sobre un escenario te encuentras a un grupo que tiene que defenderse ante todo aquello que ha dejado atrás en el estudio para gustar a un público enamorado del sonido del CD. ¿Están siendo sinceros cuando hacen eso?

sábado, enero 19, 2008

La máquina de bailar

Nunca he dicho que no me gustara LCD Soundsystem. Es más, su hitazo Daft Punk is playing at my house siempre me pareció brutal. Sin embargo, el disco, no sé por qué, se me atragantaba: canciones de baile que normalmente superan los 6 minutos... mal vamos.


Pero conseguí el Sound of silver. Lo escuché un par de veces nada más y me dije: bueno, no están mal, pero definitivamente no son mi grupo.


Luego los vi en el Summercase. Puede que sea el mejor concierto al que haya asistido (vale, ahí también estaba PJ Harvey, que me dejó anonadado: ella sola con guitarra y el escenario, el público y todo lo que quisiera era suyo; lástima que el ruido de las otras carpas se metiera en esta afeando un poco el resultado final, pero aún así fue un concierto antológico), una máquina perfectamente engrasada (el batería clavaba el tempo milimétricamente, ¡menudo crack!) y un líder, James Murphy, que, contrariamente a su apariencia de gordito pringado, desprendía un carisma y una presencia en el escenario que pocas veces he visto. Un directo tan arrollador que ¡¡hubo bises!! ¡¡En un festival!! Eso sí, Murphy dijo, amablemente, que nos teníamos que quedar a ver a los siguientes, que eran 2 many dj's.


Pero en disco seguían sin convencerme (si es que me puse de nuevo su disco más allá de New York I love you but you're bringing me down): grandes en directo, sosos en disco. Un colega me pasó 45:33, una especie de EP (con la duración de un LP) que habían hecho para una cosa de Nike y Apple, como música para correr o algo así. Lo puse una vez, no estaba mal pero me parecía denso.


La semana pasada saltó un pensamiento de casualidad: ¿y si me pongo otra vez el Sound of Silver, a ver qué pasa? Quizá empujado por los buenos resultados que cosechaba en las listas de "lo mejor de" de todas las revistas. Y no entiendo cómo me pudo pasar tan desapercibido: ahora esas canciones de casi nueve minutos me dan un subidón tremendo, me parecen una explosión de fiesta y alegría y cachondeo y ganas de bailar y de pasarlo bien, y no he parado de escucharlo desde ese momento. Esta mañana me he puesto de nuevo el 45:33 y me parece muy bueno, grande.


Gracias, James Murphy. Me has hecho ver que ni yo mismo me entiendo.

jueves, enero 10, 2008

Canciones preferidas de 2007

Por no hacer la competencia con otra lista de discos y ya que vivimos en la era del iPod, aquí van mis canciones favoritas del 2007. Esas de las que me acordaré durante mucho tiempo, o de las que me olvidaré en una semana, pero que a día de hoy están rondando mi cabeza a todas horas.

1. "I'm Not Gonna Teach Your Boyfriend How to Dance With You" - Black Kids. Un éxito inmediato escondido en una maqueta que ni siquiera está a la venta. Suena a conocido con esos teclados, esa voz a lo Robert Smith, esos coros... Quizá por eso se te mete en la cabeza a la primera. Pero por lo que termina de encantar es por su sonido amateur, por esas guitarras torpes y esas voces que se desgañitan. También, claro, por uno de los títulos más geniales de los últimos tiempos.

2. "Peacebone" - Animal Collective. El tema que abre uno de los discos del año resume todo lo bueno de Animal Collective. Empieza como una marcianada a base de ruidos y poco a poco se convierte en una fantástica canción en su significado más tradicional. ¡Genios!

3. "Fake Empire" - The National. Otra que abre un disco brutal. Un crescendo increible que arranca con un piano, continúa con el trabajo del mejor batería del momento y termina explotando en una preciosa coda orquestal. Una pena que en esta ocasión la letra de Matt Beringer no haga justicia a su increible voz. Si no fuese por eso, canción del año de calle.

4. "El Fantasma de la Transición" - Triángulo de Amor Bizarro. En un disco plagado de memorables eslóganes ("Jesús ordena flequillo Cleopatra", "llevar navaja siempre es conveniente", "el mejor sitio para descansar es la universidad”...), la mejor canción es la que no tiene ninguno. Tiene algo especial. Llega a obsesionar, en serio.

5. "One Two Three Four" - Feist. Parece un tema tonto y por eso me gusta más. La versión más acústica por la que ha optado Feist en "The Reminder" aderezada con palmas, vientos y coros con aire infantil.

6. "Slow Show" - The National. Igual podría haber puesto "Racing like a pro" o "Mistaken for Strangers" o cualquiera de los temazos de "Boxer". Lo habéis adivinado. Para mí, disco del año. Tenía que decirlo...

7. "Intervention" - The Arcade Fire. Absolutamente excesiva en su épica, en su órgano, en su letra... ¿Y a quién le importa? Todos la hemos cantado desde el primer día. Y sí, la mejor del disco es "No cars go", pero no vale, que ya es vieja.

8. "Me he perdido" - Nacho Vegas y Christina Rosenvinge. Preciosa intro de banjo sobre la que otro brillante gijonés canta una letra cargada de guiños a su corista de excepción ("así que hice 'chas' y aparecí a tu lado").

9. "Foundations" - Kate Nash. Canción de fin de relación en plan british. Perfecta con su beat, su piano, su guitarra y su violín monocorde. Tan buena que mereció otras diez canciones de relleno para sacarla en un LP. Porque menuda porquería de disco...

10. "The Opposite of Hallelujah" - Jens Lekman. Elegante donde los haya, el sueco se saca una preciosidad easylistening que dejará mal a cualquiera que intente hacer algo "elegante" el año que viene. Además este hombre juega al bádminton, un respeto.

jueves, enero 03, 2008

Lo mejor de 2007, o algo muy parecido a ello

Aunque ha habido unos cuantos discos bastante conocidos que han estado fuera de mi alcance, puedo proclamar y proclamo esta lista de los mejores discos del año:


1. Richmond Fontaine: Thirteen cities

2. Animal Collective: Strawberry Jam

3. Arcade Fire: Neon Bible

4. !!!: Myth Takes

5. Wilco: Sky Blue Sky


Hasta aquí todo bien. ¿Seguimos?


6. Akron/Family: Love is simple

7. The Rumble Strips: Girls & Weather

8. Devendra Banhart: Smokey rolls down Thunder Canyon

9. Panda Bear: Person Pitch

10. Blonde Redhead: 23

11. Elliott Smith: New moon

12. M.I.A.: Kala

13. of Montreal: Hissing fauna, are you the destroyer?

14. Radiohead: In rainbows

15. PJ Harvey: White chalk


Confieso que esta segunda tanda está casi totalmente improvisada, y es posible que alguno de los que menciono cupieran más arriba. Incluso podría incluir a cosas que he empezado a escuchar demasiado tarde, como Battles.


Aparte, he de mencionar un disco en español que podría batirse el puesto con cualquiera de la lista: La leyenda del espacio, de Los Planetas.

domingo, diciembre 30, 2007

¿Pero cómo me he podido perder esto?


Pocas veces puedes escuchar un disco con la sensación de que ha encontrado un recoveco de ti que no conocías, que habías olvidad o que no alcanzabas a explicar bien. Grizzly bear lo han hecho con Yellow house, un disco que tardé tanto en dar con él (porque estaba ahí, en algún sitio, esperándome) que ni siquiera lo pude incluir en "Lo mejor del 2006 que he escuchado en 2007". Esa especie de country folk onírico parece provenir de lo más profundo de un bosque frío, en la mitad de alguna maravillosa ninguna parte. Pero estos chicos son de Brooklyn. ¡Son de Brooklyn! Pero hay un fino hilo de lana, invisible, que los une en emoción con Midlake, en el otro lado del país.


Una rara sensación, música que parece esfumarse nada más escucharla de la cabeza de uno, pero sus sensaciones permanecen. Como una ensoñación.

lunes, diciembre 17, 2007

Wala wala!

"[...]The Beatles, por su parte, crearon un estándar pop arrollador, aunque la vigenca de su repertorio se ha visto matizada a lo largo de las décadas: hoy la mención a Dylan sigue siendo universal y se observa entre las filas tanto del rock como del folk o de la canción de autor; no ocurre lo mismo con los Fab Four, cuya obra es hoy leída como banda sonora de una época. Resulto incluso más honda la huella de The Rolling Stones: actualmente no hay apenas grupos que suenen deliberadamente como The Beatles; sí los hay que operan, altivos, al calor del 'Exile On Main Street' (72) stoniano [...]".

Jordi Bianciotto, en Lucha de titanes, en Rockdelux, diembre 2007, pag. 35.

¡Ja!

sábado, diciembre 15, 2007

Demasiada música

Cada vez que leo la Rockdelux me angustio: tanta música, tantos grupos vitales, tantos estilos que ni siquiera puedo imaginarlos, tanto por escuchar y tan poco tiempo para ello.

¿Tienen sentido las listas, las clasificaciones, cuando el número de discos interesantes se acerca al infinito? Lo más chocante de la globalización es la conciencia de la enormidad del mundo, de lo que son y suponen seis mil millones de cabezas pensantes, seis mil millones de universos propios, personales e interconectados. Se asoma el abismo del relativismo, de la supresión de los absolutos que tanto necesitamos para tener una referencia, para no volvernos locos.

La opción más razonable es mantenernos en nuestro pequeño universo local, con nuestros gustos hechos a base de ínfimos retazos aleatorios de un todo tan grande que no existe, disfrutando de lo que tenemos a mano, de lo que podemos agarrar, sabiendo que sólo somos una piedrecita en medio de una carretera.

martes, noviembre 27, 2007

A propósito de Devendra

Pedazo de disco el Smokey rolls down Thunder Canyon. Incluso más psicodélico que sus anteriores discos, o más movido, o más setentero o... Imposible de clasificar, ¿quién quiere hacerlo? Devendra sigue su propio camino, real o imaginado, con discos que en principio se parecen pero que luego revelan un mundo entre unos y otros. Y esas producciones que parecen estar a medio camino del low-fi, con su voz atmosférica que parece que sale de cualquier lado, que a veces parece que se va a romper y que se mantiene en una suave fragilidad.


Temazos para el recuerdo: Seahorse, Cristóbal, I remember... A medio camino entre el folk-rock setentero y cualquier cosa.

lunes, noviembre 19, 2007

Independiente

Concierto de Devendra Banhart. Martes 20 de noviembre, 21 horas. Sala Joy Slava, 25 euros. Más indie imposible.

jueves, noviembre 15, 2007

Los mejores discos de 2006 que escuché en 2007

The Tiny - Starring, someone like you. Si "pop de cámara" no fuera una etiqueta estúpida, quizá se podría llamar a lo que hacen estos suecos pop de cámara. Si es que es pop. Sonoridades distintas, puede que raras (pero fáciles de oír), violines y chelos, coros, y una gran voz femenina para un disco plata y blanco. A lo mejor se parece a algo que hayáis escuchado antes. A lo mejor no.




Midlake - The trials of Van Occupanther. De los que recomendó el glasgowiano hace casi un año, fue el que más me llegó (y, junto con el de M. Ward, los que me gustaron). Una auténtica maravilla con una producción casi perfecta, con muchas voces dobladas pero sin causar sensación de pesadez. Pop de raíz americana, pequeño, nostálgico, que no cae en lo obvio sino que se eleva con su calidez y sencillez allá donde sólo los clásicos pueden. We gathered in spring...


Bonnie "Prince" Billy - The letting go. Esto ya es más folk, pero la sensibilidad de este hombre es tal que tienes la sensación de estar escuchando algo tremendamente hermoso pero muy delicado, como un pajarillo que emprende sus primeros vuelos. Se respira profunda honestidad en lo que canta.


Joanna Newsom - Ys. Y llego la reina, ampliando por los caminos menos obvios las ramificaciones del folk, como ya hace su compañero Devendra Banhart. Un arpa y una orquesta, una voz que parece la de ser mitológico como una hada o una elfa. Bueno, ella también parece una elfa. Épica en canciones de diez minutos que nunca pierden la intimidad de unos pies descalzos.


Centro-matic - Fort Recovery. Rock americano del clásico, de ese de raíces. O eso es lo que parece, lo más normal del mundo a la primera escucha, pero gusta, engancha, gana. Lo puedes escuchar en casa y tener la sensación de alguien que te acompaña. Yo quiero que Will Johnson sea mi amigo.

lunes, noviembre 12, 2007

Gente que debería suicidarse por el bien de la música V

Los que escuchan música por el móvil y sin cascos en cualquier transporte urbano. Por diferentes motivos: gusto musical, respeto a los demás y oligofrenia irreversible: la calidad de audio del altavoz de un móvil es una basura. Parece que solo escuchan música para molestar al resto de la gente, lo cual concordaría con su oligofrenia. Esta costumbre parece más acusada en los niñatos y niñatas latinos, aunque los niñatos y niñatas de otras procedencias la han asumido en tiempo récord.

miércoles, noviembre 07, 2007

Hagan sus apuestas

Se acerca el final del 2007 y, sin que sirva de precedente, he escuchado más de cinco discos salidos este año. Para refrescar memorias y prepararnos para rectas finales y futuras listas de lo mejor del año (las